sábado, 2 de febrero de 2013

Algo


Fueron, son y serán. El acorde disonante, el renglón torcido.

Lo inconforme e inesperado.

Destruyen para construir. No hay quien los entienda.

Indescifrables. Inocentes y terribles.
Inconscientes en la mayor parte de los casos.

Han alargado sus sombras, han alzado la vista, pero siguen ciegos.
Miran sin ver. Oyen pero no escuchan.
Hablan sin comunicarse.

Se necesitan los unos a los otros. Desesperadamente.
Hasta hacerse daño.
No he visto nunca tanto dolor.
Dolor de alevosía y premeditación.
Masoquistas por compañía, hirientes por soledad.

Quieren saber, pero no consiguen comprender. Su historia es una historia de confusión.
No tienen a quién preguntar, a quién dirigirse.

Ciegos en un universo demasiado grande para abarcarlo con el pensamiento.

Un cosmos que tratan de comprimir en la finitud de su envoltorio carnal.

Y yo no puedo ayudarles. Porque tampoco puedo ayudarme a mí mismo.
Así que lloro, grito, me arranco la piel a tiras.
Río, canto y los miro. Y me miro. Con compasión.

Por pertenecerles inevitablemente.

Por ser uno de ellos.

1 comentario: