Dale sangre, fría, espesa y pegajosa
que fue cálida y latente.
Dale sudor, latido arrítmico
y todas las gotas líquidas que guarda tu cuerpo
pero deja el alcohol.
Dale noches largas de pestañas quemadas
y dedos manchados.
Sábanas mojadas y sombras al acecho.
Dáselo, dáselo todo. O parirás un hijo,
bajo cuyo cadáver
no serás capaz de llorar.
Y se lo llevarán, lo destriparán, lo harán pedazos.
No habrá tan siquiera un cuerpo
que intentar recomponer.
Para eso, mejor deja la hoja en blanco.
Y baja las escaleras.
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