¿Por qué?
¿Eso me preguntas?
¡Vaya egoísmo!, ¡Qué puta cara! ¿En
serio quieres saberlo?
Realmente tu curiosidad, tu
morbo por lo desconocido, tus ganas de saberlo todo, ¿son más fuertes que el
saber el calvario por el que me harás pasar para intentar responder a esa
pregunta?
Intentar, nunca mejor dicho.
Pues nunca la contestaré del todo.
¿Por qué no? Eso es más sencillo
de responder: porque, seguramente, yo sea incapaz de nombrar todas y cada una
de las razones que me han llevado a obrar (o no obrar) de una manera. A decir
(o no decir) esto o lo otro. Mi introspección no ha llegado a tal punto.
No me da la gana. No quiero
ponerme a pensar, a analizarme. ¡Imagina lo que puedo encontrar en los pasillos
de mi conciencia! ¿Me vas a hacer subir y bajar escaleras? Remover en la mierda
y en los despojos, empujar rocas y
romper paredes. ¿Todo por ti? ¿Estás loco?
Eso no lo haría ni por mí mismo.
Y en todo caso, ¿cómo sabrás que
no miento? ¿Que te cuento la verdad? Podría mentirte con suma facilidad, con
tanta facilidad con la que me miento todas las mañanas, al dejar las sábanas
frías y pisar el suelo helado. Es un acto de sorprendente comodidad,
inquietante sencillez. Y tú seguirás con el tormento de saber si te he mentido
o no. ¿Cómo podrías aliviarlo? ¡No puedes! ¡Sólo puedes confiar en que lo que
responda será cierto!
Y la verdad sólo existe en
parte. Te puedo ofrecer un pedazo de mi mente, un hilo de mis pensamientos.
Para responder a ESA pregunta. Que encierra en sólo dos palabras horas,
semanas, meses. Ah, qué sencillo es de preguntar. Y qué poco te has parado a
pensar en lo que se supone.
¿Quieres realmente que lo haga?
Bien.
¡Explícame por qué!