Absolvedme, porque he pecado. De verdad, lo juro, lo he
hecho. Por supuesto, no era mi intención. Digamos que fui inducido a pecar. En
realidad no fue mi propia voluntad la que me llevo a pecar, fui solamente una
herramienta para realizar el acto.
Empecemos por el principio.
Los dos primeros años fueron los más sencillos, no había
demasiado que hacer. Prácticamente cero obligaciones, ninguna responsabilidad
en especial. Las únicas que tenía (respirar, comer, beber, dormir…) las
realizaba mi cuerpo por mí. Mi mente vagaba y vagueaba entre colores y formas.
A partir de ahí las cosas se complicaron. Tenía que empezar
a interactuar, las carantoñas y los balbuceos no servían como táctica de
distracción. Había decenas de seres babeantes a mi alrededor que reclamaban una
atención casi constante, además un par de señoras similares a la mía propia
(pero con un olor infinitamente peor) que no paraban de estrujarme contra sus fábricas
de comida, como si fuese un animal.
Y no se quedó ahí la cosa, no. Llegaron las convenciones,
las normas, los límites, las imposiciones. Hasta ahora mi mundo se regía por
dos únicas y maravillosas leyes: déjame en paz y yo haré lo mismo. No
necesitaba mucho más.
A medida que crecía comenzaba a darme cuenta de la increíble
cantidad de cosas que tenía que aprender. Con aprender me refiero a asimilar:
ellos me daban datos, pautas y yo tenía que interiorizarlos, mecanizarlos,
hacerlos propios. El número de ideas que me llegaban crecía cada vez más. Yo
tragaba y tragaba en proporciones pantagruélicas. Tenía que esforzarme si no
quería quedarme atrás.
Uno de los descubrimientos más importantes que hice fue el
de finalidad: llegábamos a este mundo por
un motivo. No podíamos estar en él sin más, ocupando espacio. Teníamos que
ser útiles. Nuestra existencia tenía un fin. Por
supuesto en cuanto me enteré me puse a pensar, frenético.
¿Mi existencia tenía un fin? ¿Cuál era? ¿Alguien lo sabía?
¿Mis padres? ¿Mis compañeros? ¿Mi profesora?
¿Lo sabía yo?
No puedo expresar seguramente la angustia que sentí. Si
realmente todos nacemos y vivimos por un fin, yo no podía permanecer quieto sin
encontrar el mío.
Lo principal cuando quieres buscar el fin de tu existencia
es la búsqueda de información. Pensaréis que es algo que llevaba años haciendo.
Pero no. Qué equivocado estaba. No era suficiente. Me esforcé mucho, mucho más.
Asombré a todos los que me conocían con mis conocimientos sobre múltiples y
variados temas. Da igual qué temas en concreto, tenía que saber un poco de todo
y nada de mucho. De esa forma seguramente llegaría a un punto en el cual
descubriría la finalidad de mis años de vida.
Había un camino alternativo, pero no estaba seguro de querer
tomarlo: la religión. No una religión,
si no la religión. Creamos en un ser superior, por encima de todo y de todos:
juez, verdugo, titiritero. Podía confiar mi vida a ese ser, asumir que mi pasado, presente y futuro le
pertenecían. Yo mismo le pertenecía. Por supuesto, esto me absolvía de
cualquier responsabilidad. No importaban mis actos, mis decisiones. No eran míos. No sería libre, pero la idea de
un ser que moviera mis hilos por mi me aportaba una extraña sensación de
tranquilidad. Modifiqué los datos de mi
memoria, borré muchos para sustituirlos por otros nuevos. Reseteado de arriba
abajo. Sentiría alivio, me decía. Ya estaba. No te preocupes. No te angusties.
La culpa jamás habría existido.
Había una serie de condiciones, por supuesto, pero no
parecían diferir demasiado de las existentes con anterioridad. Los seres
humanos tendemos a agruparnos, el ermitaño sorprende por su aislamiento
voluntario (algo loco tendrá que estar). Formar parte de un grupo me ayudaba a
definirme, a sentir que formaba parte de
algo. Dejaba de ser un
individuo más.
Una promesa es una promesa